Cada martes y cada jueves tenía que ir con algunos compañeros de clase a una reunión llamada catequesis; no sabía muy bien por qué iba, por qué debía rezar y mucho menos entendía muy bien por qué al final de ese año tenía que llevar un absurdo vestido blanco.
Estas reuniones consistían en hablar de un señor que no conocíamos, pero que más de uno se lo imaginaba y de su hijo, Jesús. La profesora insistía en que cada había que ir a misa cada Domingo.Terminé esas reuniones y llegó el día de ponerse el vestido blanco, el día de mi comunión.
El día de mi comunión fue un desastre, mi familia estaba separada a cada lado de la iglesia y yo no sabía hacía donde mirar, tuve que hacer cosas dobles: tuve que hacerme doble de fotos, una con la familia de mi madre y otra con la familia de mi padre; doble sesión de fotos con distintos vestidos blancos, una para la familia de mi padre y otra para la familia de mi madre; celebré aquel día doblemente primero con la familia de mi madre y al día siguiente con la familia de mi padre; tuve el doble de regalos y aún así no me hizo ilusión.
En aquel momento no tenía capacidad de reflexionar sobre este tema pero no soy católica y mucho menos religiosa, vivo bien sin tener un dios y un sagrado libro en el que se base mis creencias.
Pienso que yo soy mi propio dios, con acciones y sentimientos erróneos o correctos, que tengo fe en mi misma, y que mi libro sagrado es mi trayectoria por la vida. Para vivir me basto de mí misma y de los que quiero, pero no de una creencia religiosa que tantos problemas y tantas cosas a ocultado a lo largo de los años y siglos.
Cada uno es libre de creer en lo que quiera y yo no creo en tu religión, creo en mí.
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